Qué aburrida, lo sé.
Tenía horas pretendiendo no pensar pero tenía una mujer en mi cama sin poseer ni un sólo indicio claro de cómo había llegado hasta ahí.
Deseaba en momentos grandes no pertenecer a ese lugar, largarme corriendo, levantar las piedras de toda la ciudad y perderme. Perderme con todas las ganas de todo el mundo.
Era ella la mujer que había deseado desde hace meses, quizás años. Confieso que temblaba más de ganas que de miedo.
Yo gritaba por dentro azotándome en las paredes de mi cuerpo, cumpliendo una penitencia de horas enteras mientras ella se reunía conmigo en sueños bifurcados. Me reventaba la piel.
Y así, a bocanadas necias yo la exiliaba para siempre de mi carne, de mi boca, de mi voz.
Pero tenía una mujer en mi cama sin poseer ni un sólo indicio claro de cómo había llegado hasta ahí y sin poseer ni un sólo indicio claro de cómo se había alejado, se fue.



